jueves, 23 abril 2026
Hora: 14:11

El derecho de vivir en paz

Hay noches en las que el mundo parece sostener la respiración.

Porque hay palabras que no deberían pronunciarse jamás desde el poder. Palabras que no describen la realidad, sino que la amenazan. Palabras que no advierten, sino que anuncian. Y cuando esas palabras salen de la voz de un hombre que ha ocupado el centro del tablero global, como Donald Trump, ya no son solamente palabras: son la posibilidad del abismo.

Decir que una civilización puede ser borrada para siempre de la historia no es una metáfora. No es una exageración de campaña. No es una frase incendiaria más en la larga tradición del espectáculo político contemporáneo. Es, en el fondo, una renuncia explícita a la humanidad compartida.

Porque nadie, absolutamente nadie, tiene el derecho de decretar la desaparición de otro pueblo; y menos aún de uno como Irán, que contiene en sus venas, gran parte de la historia del mundo en que vivimos. Ningún cañón, por más sofisticado que sea, borrará el surco de un arrozal, sembrado por generaciones. Ningún misil puede arrancar de raíz la dignidad de un pueblo que ha aprendido a sobrevivir entre ruinas. Ninguna amenaza, por más estridente que suene en redes sociales, puede extinguir la voluntad de existir.

Eso lo supo, y lo cantó, Víctor, cuando el mundo también ardía, cuando las bombas pretendían imponerse sobre la vida, cuando la violencia se disfrazaba de orden.

Y lo dijo sin rodeos, como sólo se dicen las verdades que nacen del pueblo: “El derecho de vivir en paz”

Hay algo profundamente oscuro en esta época: la normalización del exterminio como lenguaje posible. Como si la historia no nos hubiera advertido lo suficiente. Como si los archivos, muchos de ellos guardados por la propia CIA, no fueran ya un testimonio suficiente de lo que ocurre cuando el poder decide intervenir, manipular, desestabilizar y, después, justificar.

Se habla de paz mientras se despliegan fuerzas.

Se invoca la estabilidad mientras se incendian regiones enteras.

Se construyen narrativas mientras se deshacen verdades.

Y en medio de todo eso, aparece lo más peligroso: la idea de que hay pueblos sacrificables.

Pero la historia, esa que algunos pretenden borrar, tiene memoria.

Y la memoria no es un archivo muerto: es una resistencia viva.

Ahí, en ese punto donde la política se vuelve amenaza, la humanidad tiene que responder con algo más profundo que el cálculo: tiene que responder con convicción.

Con la certeza de que el derecho de vivir en paz no es una consigna romántica, sino el principio mínimo que sostiene al mundo.

No es una concesión de las potencias.

No es un privilegio de los aliados.

No es un discurso para foros internacionales.

“Es el canto universal, cadena que hará triunfar: El derecho de vivir en paz”

Y cuando ese derecho se pone en riesgo, cuando se sugiere que puede ser eliminado de un tajo, como si se tratara de una línea más en un mensaje digital, lo que está en juego no es solo una región del mundo, ni un conflicto específico, ni una coyuntura geopolítica. Lo que está en juego es la idea misma de civilización.

Porque si aceptamos que una puede ser borrada, entonces todas las civilizaciones estamos en riesgo. Si toleramos ese lenguaje, entonces hemos comenzado a vaciar de sentido las palabras que nos sostienen: dignidad, soberanía, humanidad. Y entonces sí, solo entonces, habremos cruzado el verdadero punto de no retorno.

Por eso, frente a la amenaza, no basta con el análisis frío ni con la diplomacia tibia. Hace falta recuperar algo más antiguo, más profundo, más verdadero: la conciencia de que el mundo no pertenece a quienes lo amenazan, sino a quienes lo habitan: a quienes siembran, a quienes construyen, a quienes cantan incluso cuando todo arde. Porque al final, incluso en la noche más oscura, siempre habrá una voz que recuerde, aunque incomode, aunque duela, aunque no convenga, que ningún poder es absoluto frente a la vida; y que, por encima de cualquier amenaza, de cualquier imperio, de cualquier discurso de exterminio, permanece intacto, irrenunciable, invencible, el derecho de vivir en paz.

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