jueves, 23 abril 2026
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Tomás Mojarro, el valedor del Pueblo

En la época de partido prácticamente único, cuando el régimen del PRI-gobierno controlaba todos los medios de comunicación públicos y privados, manipulaban la información al antojo de la mafia del poder. En los 80 y 90, la voz inconfundible de Tomas Mojarro, «el Valedor» era la firme y tenaz excepción que hacía la regla.

En el barrio, el valedor es el amigo más sagrado y entrañable, aquel que predica con el ejemplo y tiende la mano en las buenas y las malas, en las duras y las maduras; es un carnal, un hermano, quizá no de sangre, pero sí de principios e ideales. Porque en el barrio no se le pega a nadie cuando besa el suelo, se le ayuda a levantarse. Tomas Mojarro era ese valedor que decía sin tapujos las verdades en los años más oscuros de la hegemonía desinformativa de la prensa chayotera. Era un personaje incómodo para los de arriba, y un amigo para los de abajo, un valedor del Pueblo, y de todos aquellos que buscaban encontrar la verdad de los acontecimientos públicos y políticos, de quienes no se tragaban los cuentos de los informes gubernamentales. Ahí estaba la palabra precisa de Mojarro cada domingo que a través de la radio desnudaba las injusticias y los abusos de autoridad.

Entre otros hechos en los que “el Valedor” alzó la voz está la matanza de Acteal, un crimen en el que 45 indígenas murieron asesinados en Los Altos de Chiapas al sureste de México en manos de grupos paramilitares el 22 de diciembre de 1997; situación ante la cual la mayoría de los medios y locutores callaron o tergiversaron los hechos. Sin embargo, a contracorriente del coro, Mojarro en su tribuna dominical los evidenció como un atentado gravísimo alentado desde el poder, e incluso también participó en llamar a la solidaridad —en conjunto con colectivos estudiantiles de la UNAM— para no dejar solos a los familiares de las víctimas.

El reciente 11 de enero partió Tomas Mojarro, una escuela para la comunicación alternativa, y para quienes luchamos por información veraz. “¡Ay, mi México! ¡Ay, paisanaje! ¡Ay, Jerásimo!”, solía decir el eterno valedor en sus alocuciones. A los 89 años se fue la voz que durante décadas condujo el programa Domingo 6.

Originario de Jalpa, Zacatecas, donde tiene una calle en su honor, también, fue actor y además de valiente locutor fue un gran escritor. Estudió en el Centro Mexicano de Escritores, por su ferviente pasión literaria.

Como otros personajes de su generación, se inspiró en La familia Burrón, de Gabriel Vargas, y en los andares de la vida citadina, que complementaron su arraigo con el mundo rural, con estos elementos diseñó una serie de personajes e historias, que dieron vida al comic El Valedor, que se publicó en el año posterior a la insurgencia cívica de 1988, donde él mismo aparece como representado.

La singular voz del Tomás Mojarro no era un recurso ajeno a su personalidad, mucho menos a sus orígenes rurales, con los que estaba más que comprometido, perteneciente en su niñez a una región de profundas sierras y barrancas que unen a su natal Zacatecas con el estado de Jalisco.

 

Su obra literaria retrata el agreste paisaje y la vida desolada de los habitantes de uno de los afluentes del río Santiago que forma el célebre Cañón de Juchipila (1960) que da nombre a uno de sus cuentos y obra más representativa. Su estilo como escritor retoma las enseñanzas de su singular maestro Juan Rulfo, para retratar no la vida y las costumbres de la gente del campo, sino mirando más profundo, penetrar en los sentimientos guardados de quienes padecen la injusticia como supuesto designio divino. Ambos están en el extremo opuesto de los escritores costumbristas que idealizan la vida en el campo, pues sus tribulaciones no les son ajenas, las siguen de por vida sintiendo como propias. tanto sus penas y tragedias cotidianas, por esto ambos supieron extraer de esa desolación que heredaron, la pulsión de vida que los acompañó en sus compromisos sociales.

La voz de Mojarro siempre parecía resonar desde esas barrancas profundas de entre las sierras de Nochistlán y Morones dónde sus personajes seguían habitando. Su justa indignación no podía ser más que una expresión de esa cercanía, que vital y literariamente, supo construir con los personajes populares, por los que siempre habló y se ocupó.

Gracias a la denuncia oportuna, en un México acostumbrado a obedecer y quejarse calladamente frente a los abusos de los poderosos, “el Valedor” no podía ser más penetrante e irreverente. Solo sintiendo en carne propia, la experiencia de la miseria rural y el empobrecimiento urbano, denunciando incluso exponiendo la vida propia —mientras aquellos poderosos seguían con su cínico festín— es como esta voz fue tomando fuerza hasta que muchos más perdieron el miedo a cuestionar, y convertirse en rumor colectivo que comenzó a cimbrar los cimientos del viejo régimen autoritario.

Nuestras abuelas, abuelos, madres, padres, tías, tíos y nosotros mismos fuimos descubriendo realidades y verdades que el PRI- gobierno nos quería ocultar, la lucha de este intrépido quijote radiofónico contra el monopolio de la desinformación es una gran enseñanza. “El Valedor ya dijo que sí hubo un fraude”, solía decir la gente de algún hecho que se confirmaba como verdadero o falso porque alguien como Mojarro desde la misma radio lo confirmaba o desmentía. En los propios terrenos de dominación mediática Tomas Mojarra desafiaba al sistema, con su singular voz, para contradecir las falsedades, y, sobre todo: formar nuevas generaciones de disidentes, librepensadores, que gracias a él consideraron que lo que se ve si se juzga. Hasta siempre al valedor del Pueblo, agudo crítico del neoliberalismo.

 

 

 

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